M A D R E

 

         He aquí que eres la única joya que atesoré en mi vida...

 

         He aquí que has sido tú quien con tu paciencia y tu bondad me enseñaste los primeros signos escritos con tu mano vacilante sobre la arena...

 

         He aquí que en la mañana de mi vida, fueron tus brazos amorosos los que me acogieron y me protegieron de todo mal...

 

         Y fuiste tú, quien me habló primero del Padre, frente a los ojos siempre temerosos y humildes de mi padre mortal...

 

         No sabes, con cuanto celo te hubiera guardado de vivir el dolor que viviste...

 

         No sabes cuantas veces rogué, porque no tuvieras que presenciar esa cruda escena, que por amor se desplegó ante tus ojos.

 

         Perdóname el haberte dejado sumida en la peor de las soledades, la soledad de la impotencia, y la soledad de quien cegado, no halla su camino en la noche...

 

         Madre, es tu amor tan grande... tan reflejo directo del Amor del Padre, que a través de tus ojos se puede ver la misericordia infinita de ÉL.

 

         Madre, no creas que te dejo a solas, he aquí que te dejo a mi pequeño HERMANO, para que acompañe tu vejez.

 

         He aquí madre, que te dejo todos los hijos del mundo... y a mi buen HERMANO le dejo todos los oídos del mundo... Para que tú los cuides y los lleves de la mano hacia el Padre; como lo hiciste conmigo... y para que mi HERMANO, les hable con mis palabras a todos ellos.

 

         Madre, en verdad te digo que nadie que clame por misericordia en el dolor, podrá hallar mayor consuelo que el de tu mirada, y que serás tan pródiga como el trigo en sazón, pues de tus manos manará la misericordia del Padre, como mana el agua eterna de los manantiales que alimentan al mar, y de tu corazón brotará el amor hacia los que sufren de soledad, de tristeza, de idea de separación... y será este sentimiento tan tuyo: dulce alimento, en los labios de los hambrientos, y dulce cobijo para el frío de los solitarios.

 

         Madre, sé todo amor... para con aquellos más débiles que vendrán a ti, y aunque no necesite decirlo, pues tu clara inteligencia siempre ha plenado de luz las horas de la duda, y de la ignorancia...

 

         Madre, sólo tú podrás volver a hacer del bello fruto de la tierra que es la mujer, aquel cofre dichoso y prudente en el cual se acuna la vida...

 

         Madre, has de llegar al corazón de la mujer, que hoy duda entre entregar este don de vida o negarlo..

 

         Esa, tu eterna e infinita comprensión, para que la vida... ese don sagrado y único vuelva a ser respetado...

 

         Madre, vendrán tiempos difíciles en los que mis hermanos se creerán huérfanos de todo amor, abandonados de toda paz, y vencidos por toda calamidad...

 

         Ellos volverán sus ojos al pasado... y allí te hallarán Pura y Clara, como la primera luz de la mañana...

 

De las dulces cuentas de oración que el amor te dictará.

 

De la venturosa gracia de tu voz saldrá el mensaje de paz y paciencia para los corazones que sufren, y el aliento de la esperanza en un nuevo día, muy hermoso, en el que luego de la purificación por la sangre, del cambio dentro del corazón, que cobijará emociones nuevas y sentimientos totalmente renovados.

 

         Y de la limpieza e la mente que cobijará nuevas e insospechadas virtudes y portentos...

 

         La humanidad, ella que es grande y hermosa porque está conformada por todos mis hermanos... por todos tus hijos.

 

         Madre reúne nuevamente bajo tu manto protector a mis hermanas, y a mis discípulas y así como lo hiciste conmigo, hazles recordar el don de la oración y hazles saber de ese don de vida a través de la palabra, que el Padre insufló en la mujer... siempre madre... siempre dadora de vida.

 

         No puede ser ella la que lleve la muerte en su seno... porque en la mujer el Padre ha puesto el don sólo reservado a ÉL, de ser transmisora de vida... sustentadora de los brotes... y génesis y final de todos los cambios.

 

         Hermosa Madre, dicha del más agradecido de los hombres... sólo por esta vez, te pido mirarme nuevamente hacia adentro, profundamente como en los días en que al regresar al hogar... llevabas mi cabeza a tu hombro y susurrabas en mi oído la palabra PAZ...

 

         Eso era suficiente para que mi espíritu se aquietara... y mi corazón se sintiera en casa.

 

         Hazlo otra vez para mí... y susurra tiernamente en tu oración esta mágica palabra... para aquietar un poco el temor de los hombres... y para recordarles... que siempre que se invoque tu nombre... estarán en casa.

 

         Te ama eternamente... infinitamente... regocijado para siempre en tu luz.

TU HIJO